San Juan Chamula, fantasía o realidad

Que tienen cierta autonomía dentro del estado mexicano, que son una comunidad cerrada, que los Chamula son difíciles, que tienen una iglesia bellísima en la plaza central en la que no se pueden sacar fotos y que tienen un sistema de justicia propio son sólo algunas de las particularidades que se escuchan de San Juan Chamula antes de llegar. Esta pequeña ciudad, situada en la ladera de una montaña y a 10 kilómetros de San Cristóbal de las Casas, poco tiene de singular a primera vista. Es que el secreto no está en lo que los ojos nos muestran, en Chamula será necesario usar el resto de los sentidos para adentrarse en un mundo único, detenido en el tiempo. Los relatos, sus olores, su gente y sus costumbres nos trasladan a un universo mágico.

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Para llegar se puede partir desde San Cristóbal y hay una gran cantidad de medios de transporte. Nosotros fuimos con una excursión (que visitaba otro pueblo cercano, Zinacantán)  y creo que fue un gran acierto. A nosotros nos tocó un guía de esos que disfrutan su tarea y fue mucho más allá de un paseo, nos permitió meternos en la dinámica de los Chamula, como le dicen a los habitantes del lugar. Apenas entramos en la ciudad fuimos para el cementerio, un indicio de lo que venía. Allí, las costumbres empiezan a mostrar el sincretismo que domina toda su vida. La cultura maya y la religión católica se funden en una perfecta simbiosis. Las cruces con el trigo en sus cuatro puntas, el entierro de sus muertos pero junto a sus familiares que indican en cada tumba cuántos descansan. En Chamula todo tiene una explicación, todo.

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Luego fuimos a la casa de un sacerdote. Una vez en la vida, todos los habitantes de Chamula deben dedicarle un año al cuidado de sus imágenes. Es decir, que dejan su trabajo y deben dedicarse a mantener los altares para los ídolos, haciéndose cargo de todos los gastos. En medio de inciensos y hojas de parra dejamos que el calor del hogar se nos metiera en los poros. Al caminar por sus calles, que suben y bajan,  el bullicio es parte del recorrido. “A los Chamula les gusta mucho festejar”, dice el guía. Y un dato que no se puede dejar pasar por alto. Los Chamula, que sostienen su lengua madre –el tzotzil-, son fanáticos de la Coca-Cola, tanto que la convirtieron en parte de sus rituales y tiene casi carácter de sagrada: es parte de las ofrendas a los Dioses. Quizás la muestra máxima del sincretismo.

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Para el final del recorrido queda la imagen más difundida, la pequeña iglesia de San Juan Bautista en la plaza central, de la que finalizando la década del 60 echaron al sacerdote. Es que, como ya se dijo, los Chamula tienen su propia religión. Con su peculiar estilo y sus colores es merecedora de los flashes que recibe, aunque cuando uno se acerca se nos advierte que adentro no se pueden sacar fotos. Y está bien. Porque una imagen poco diría de lo que sucede. El olor de los inciensos, sus imágenes, el ruido de los rezos y los animales, todo crea una atmósfera digna de recorrer en el más absoluto de los silencios. Sobre todo en silencio interior, con nuestra mente libre de prejuicios para dejarse llevar por la magia que envuelve a quiénes adentro dedican sus palabras a sus dioses. Sentarse unos minutos vale la pena todo el camino hasta allí.

Uno de los detalles más importantes es que la mayoría de los lugares que uno visita son sagrados y a la cámara nos recomiendan guardarla. Eso nos evita la distracción de estar buscando la mejor foto y nos obliga a estar mucho más atentos. Chamula es profundamente mágica y poco es lo que las palabras puedan contar sobre ella. Libres de prejuicios y preconceptos bastarán apenas unas pocas horas para meterse de lleno en esa fantasía tan real que nos regala.

Iglesia

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