Odisea charrúa: en búsqueda de los refugiados de Guantánamo

Siempre digo que cuando la cosa se pone muy difícil es mejor no empecinarse y abandonar la balsa. O al menos renunciar por un ratito. “Que hay que dejar fluir”, “que las cosas son por algo”, “que hay que dar tiempo”. Y la verdad es que digo mucho esas frases pero no las llevo mucho a la práctica, excepto cuando se trata de amores no correspondidos. Para eso no tengo paciencia. No lucho por alguien que no me quiere simplemente porque pienso que el amor no se puede ganar con esfuerzo y empeño. “Te quieren o no te quieren, no se puede convencer al otro de que te ame”. Ésa, más o menos y con algunas variaciones, es una de mis máximas. Pero salvo cuando se trata de cuestiones del corazón, lo cierto es que soy bastante obstinada. Mentira que dejo fluir, y que el devenir y que el tiempo. No, nada más alejado de la realidad. O de mi realidad, al menos. Porque cuando algo se me mete en la cabeza, voy para adelante a pesar de todo. Y tal fue el caso con el caso de la nota que me dispuse a hacer, junto con Matías, sobre los refugiados de Guantánamo que fueron recibidos en Uruguay, en diciembre de 2014,  por decisión del entonces presidente Pepe Mujica.

Sabíamos que iba a ser difícil. No teníamos mucho en el haber más allá de ganas, un poco de información y algunas promesas de posibles encuentros con algunas fuentes que había contactado de ante mano. El panorama estaba borroso pero igual había que ir para adelante. O quizás por eso mismo había que acelerar a fondo.  Las imprecisiones e incógnitas al comienzo de cualquier viaje suelen ser  una buena señal.  Quería verlos, conocerlos, escucharlos, mirarlos y contar su historia. Sus historias, porque no es un relato sino varios: son seis refugiados que estuvieron encerrados 12 años en Guantánamo. Permanecieron en un limbo legal durante más de una década. Seguramente había muchos relatos y  yo quería, aunque sea, que me dejaran entrever alguno.

Estábamos al tanto de que en el último tiempo estaban reticentes a hablar con la prensa, pero eso no nos desanimaba, sino que representaba un desafío. Ni bien llegamos fuimos, con anotador, cámara y mochilas encima, a reunirnos con un periodista local que nos pasó varios teléfonos.  Esa misma tarde pasamos por la casa que le dieron originalmente a los refugiados y donde sólo queda uno de ellos: Jihad Diyab,  que es el único de los que no aceptó firmar el acuerdo con el gobierno uruguayo que establece algunos beneficios para ellos, como es un ingreso de 600 dólares por mes, el alquiler de una vivienda; a cambio de ciertas obligaciones como aprender el idioma, asistir a los controles periódicos de salud y capacitarse para lograr una inserción laboral. Jihad no está de acuerdo con ese documento, dice que no quiere recibir ningún tipo de caridad “del gobierno de Estados Unidos” y, principalmente, quiere reunirse con su familia que está en Siria. Allí él tiene una esposa y dos hijos. Ni bien llegó a Uruguay se enteró de que su hijo varón de 13 años murió en Siria, en medio de los ataques constantes del que es escenario ese país.

Jihad pasa gran parte del día mirando por el balcón de su cuarto, preso de una desconfianza muy profunda. Está perseguido y no es para menos. Durante los 12 años de encierro vivió todo tipo de atrocidades, como tener que padecer que le pusieran una sonda nasogástrica para alimentarlo por la fuerza durante una de las etapas que hizo huelga de hambre, según contó.  Le quedaron secuelas de todo tipo en la salud, entre ellas una dificultad muy grande para caminar: se mueve con muletas. No fue difícil encontrarlo: es que pasa gran parte del día en la casa. Una de las tantas veces que se asomó al balcón nos acercamos hasta él y le contamos que queríamos entrevistarlo pero se negó. Dijo que estaba en el mes de Ramadán (es el noveno mes del calendario musulmán y un período durante el cual se practica ayuno desde el alba y hasta que se pone el sol) y que por eso no hablaría. Entendimos que fue una excusa para sacarnos de encima. Le ofrecimos volver en otro momento, pero no hubo caso. No nos dimos por vencidos y decidimos volver al día siguiente. Nos quedamos mirándolo desde la vereda de enfrente. Sabíamos que él estaba ahí y que quizás era cuestión de esperar que saliera. Se asomó por la ventana, nos hizo saber que nos vio y eso fue todo. No nos hablaría. Ya contó mucho en sus primeros días en Uruguay. En febrero, de hecho, se vino a Argentina y fue entrevistado para varios medios. Allí denunció las diferentes cases de maltrato que vivió en Guantánamo. Pero ahora prefiere el silencio.

Paso siguiente: conseguir testimonios de vecinos, gente que haya estado en contacto con ellos. Hablamos con la panadería de enfrente. Supimos que los recibieron con masitas y dulces el día que llegaron. “Viven ahí, son muy amables”, nos contó una de las chicas que atendía el negocio. Hablando con miembros del sindicato del PIT-CNT,  que fueron quienes lo primeros que los ayudaron desde que llegaron al país y quienes les prestaron el departamento donde ahora sólo vive Jihad (el resto se alquilaron departamentos por su cuenta con el dinero que les pasa el Estado), nos contaron que los vecinos se mostraron muy amables con ellos desde el principio. “Una vecina los recibió con jazmines y es ella quien todos los días le lleva comida a Jihad que es el único que no recibe asistencia económica del gobierno por no haber firmado la carta compromiso”; nos detalló Leonardo Duarte, miembro del PIT-CNT y el único de esa agrupación que todos los días mantiene contacto con ellos. “Han pasado muchas cosas difíciles y les cuesta confiar. Conmigo está todo bien pero es difícil para ellos. Hoy en día están todos bastante integrados, ya son como si fuera uruguayos, están en pareja y agradecidos de estar acá pero con Jihad es distinto. Creo que es quién se quedó con más secuelas del encierro”, detalla Leonardo. Cuenta que Jihad pinta cuadros increíbles y que sólo confía en el para que lo lleve a los controles médicos que se hacen regularmente.

Los sirios, Alí Husain Shaaban (32), Ahmed Adnan Ajuri (37), Abdelahdi Omar Faraj (39) toman mate y no porque estén en Uruguay. Esa costumbre ya la traen en la sangre. Es que en Siria es muy común tomar este brebaje que tanto uruguayos y argentinos reclamamos como “típica bebida local”. Ellos, al igual que el palestino Mohamed Abdulá Taha Matán (35) y el tunecino Adel bin Muhammad El Ouerghi (49) formaron pareja con uruguayas.  Adel, de hecho, se casó, hace poco más de dos meses con Roma Blanco, que ahora lleva el nombre de Samira y Omar está por casarse con Irma Posadas, ex militante del partido Nacional y que ahora se hace llamar por su nombre musulmán, Fátima y que está totalmente alejada de la política.

Nos entrevistamos con Christian Mirza, un antropólogo y catedrático universitario que fue designado como nexo entre el gobierno uruguayo y los refugiados.  Se trata de un cargo ad honorem. Si bien no puede divulgar los detalles de la carta compromiso que firmaron los refugiados con el SEDHU, el organismo encargado de llevar adelante al reinserción de ellos, sólo nos dijo que se trata de un acuerdo que implica “derechos y obligaciones”. Algunas de las responsabilidades de los refugiados consisten en capacitarse, aprender el idioma, buscarse un casa para alquilar y seguir los pasos necesarios para poder reinsertase laboral o socialmente con la sociedad.

Si bien, en general, muchos uruguayos se mostraron hospitalarios con los ex Guantánamo, no faltaron los que se quejaron por la ayuda económica que están recibiendo del gobierno. “Se trata de fondos del Ministerio de Relacione exteriores, lo aclaro porque algunos hablan sin saber”, remarca Mirza.

Empeñados en hablar con ellos, logramos conseguir los teléfonos de todos ellos. Pudimos intercambiar mensajes con Omar Faraj. No logramos obtener mucho más que un “hola, buenos días” y “luego hablamos”, pero no pasó de allí. Fuimos hasta la casa que comparte Abdel con Roma Blanco en la Ciudad Vieja. Nos recibió pero no quiso hablar en el momento. “Por favor, escríbanme mañana y vemos si podemos coordinar algo”, explicó en italiano, una lengua que domina porque solía comerciar en la zona.

Los días pasaban y la posibilidad de tener un mano a mano con ellos se volvió cada vez más lejano. Pudimos hablar con el gobierno, vecinos, maestro de español y algunos miembros del entorno más cercano de ellos pero conseguir declaraciones de los refugiados, además de los escuetos saludos y promesas de “eventuales notas” se hizo imposible.  Salimos de la odisea un poco frustrados por no lograr lo esperando pero las dificultades también nos obligaron a salir en la búsqueda de cuanta información pudiéramos. Además de hablar con las fuentes, recurrimos a Wikileaks, y leísmo cuanta nota se escribió sobre ellos. El resultado del trabajo seguramente lo compartiremos en breve.

Mientras tanto, compartimos una entrevista que dio Jihad cuando en febrero de este año pasó por Argentina y fue entrevistado, entre otros medios, por Barricada TV.

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