Roma: poco para mucho

Un hombre mayor corre a los gritos mientras sacude una bolsa plástica azul cargada de libros. A pocos metros otro hombre con rasgos árabes pinta con aerosoles mientras otros tres dan un improvisado concierto. Una estatua viviente espanta a niños y grandes mientras un sinfín de parejas, familias y amigos descansan al pie de una fuente. El verano pega fuerte a los turistas caminantes, todos con su botella recargable en la mano. El señor de los libros, sin ningún tipo de vergüenza, se los lanza con fuerza a una mujer, claramente conocida. Muestra toda su masculinidad, sobre todo cuando minutos después baja la cabeza mientras la mujer le recita un rosario de maldiciones. Estamos en Italia, las mujeres maldicen en la calle, en el metro o en el bus. Se hacen sentir. Y estamos en Roma, una mega ciudad que por momentos parece un parque de diversiones dónde sólo caminan los turistas. Hay otra ciudad, esa que no aparecerá en esta primera visita y que nos obliga a irnos pensando en volver.

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Es que aunque uno se proponga salirse de los parámetros clásicos, sólo tres días (como en nuestra oportunidad) hacen imposible lograrlo. ¿Es acaso posible irse de Roma y decir “no, al Coliseo no fui”? ¿O encontrarnos con alguien y que nos diga “caminaste Trastevere” y nosotros mirarlo con cara de nada? Estaríamos cometiendo un gran error si por querer contar algo distinto nos perdemos algo tan maravilloso. Porque sí, el Coliseo, el Foro Romano, Trastevere, el monumento a Vittorio Emanuele o hasta la Fontana di Trevi pueden ser trillados, pero no por eso dejan de tener un valor incalculable. Salir del metro y encontrarse con el Coliseo debe ser vivido. Así como cada uno de los tan renombrados sitios históricos. Y lo mejor es que Roma está preparada para ello. Saben lo que tienen y lo explotan. ¿Podemos volver de Roma y no pisar el Vaticano? ¿No caminar ese suelo? Confieso que fui a San Pedro diciendo paso un rato y sigo. Terminé caminando cuatro horas ininterrumpidamente y sentado casi 15 minutos respirando y mirando el cielo de la Capilla Sixtina. Mientras otros intentaban robar la foto prohibida yo me olvidé que afuera existía una vida.

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Es recomendable, eso sí, dejarse llevar y perderse en las calles de Roma. Caminar sin rumbo para que sea la ciudad la que nos sorprenda. Le sobran monumentos, esquinas e historias con magia. Están al alcance y uno no tiene que hacer más que abrir los ojos y sobre todo el corazón.

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Como dije Roma es mucho.  Nos fuimos rápido porque sabíamos que estirar los días no iban a lograr el cometido. Seguiríamos siendo turistas con el mapita en la mano. Pero también nos llevamos una gran seguridad, que la próxima vez que volvamos a Roma no tendríamos obligaciones, no pediríamos mapa y encontraríamos esa otra ciudad, oculta en los mapas turísticos pero viva en los rostros de los que la viven a diario.

La guía esa que dice cómo moverse en Roma,  barrios para hospedarse, tips para ahorrar y demás queda pendiente. Quedamos demasiado fascinados para ser poder escribir, de forma racional y precisa una guía útil. Al menos por ahora.

 

Matías

@mducce

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