Bari: una sorpresa y una lección

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No estaba en los planes. Bari sería solo un lugar de paso. Pensábamos estar una o dos horas hasta conseguir un pasaje de ferry para cruzar a Montenegro. Por suerte nuestros planes no salieron como queríamos. Italia todavía tenía cosas para mostrarnos y no permitiría que nos fuéramos tan fácilmente. Llegamos un domingo y el puerto estaba vacío: las ventanillas cerradas, apenas uno o dos empleados deambulando por una de las plataformas de partida pero no mucho más. Bari decía que había que quedarse y nosotros no pusimos resistencia (tampoco hubiera tenido sentido, ¿o sí?). El primer día nos hospedamos en Bitonto, una pequeña localidad a 20 minutos del centro de Bari donde conseguimos alquilar un departamento por la mitad de lo que se ofrecían cuartos compartidos en la zona más céntrica. Fue una buena tarde y una mejor noche: caminamos por las callecitas (también nos perdimos en ellas) y cenamos rico. La estadía forzada ya nos estaba comenzando a caer bien.

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(En nuestro hospedaje en Ciudad Vieja).

Al día siguiente partimos rumbo al puerto, ahora sí, decididos a sacar boleto. Pero, otra vez, los planes no saldrían como lo esperábamos. Así como el día anterior la zona estaba desértica, ese lunes parecía que toda la ciudad estaba tratando de tomarse un ferry. Después de estar varados un buen rato en el tráfico logramos llegar a las boleterías del puerto para que nos dijeran que no, que ellos no vendían los tickets  y que tendríamos que ir a las otras ventanillas que estaban en la otra punta. Ira hasta allá, hasta los otros, the others, esa otra punta implicaba unos 30 minutos de caminata bajo un sol imposible y una sensación térmica que dolía unos 40 grados. Ir a pie, definitivamente no era buena idea. Tomarse el bus que circulaba por el puerto parecía misión imposible por la congestión. Solo un bus funciona allí dentro y recién había pasado frente a nosotros. Tenía que pegar toda la vuelta, un periplo que podría implicar unos 50 minutos.

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(En el puerto de Bari. Dante se quiso quedar a mirar todo el proceso de preparación del pescado)

Decidimos quedarnos otro día más, pero esta vez buscamos hospedaje cerca del puerto. Y ésa fue la mejor decisión que podríamos haber tomado. Antes pasamos por una agencia que encontramos a la salida, decididos, ahora sí  a comparar nuestro boleto hasta Bar, en Montenegro. Pero, no, momento, eso no iba a suceder tampoco. ¿Por qué? El pasaje salía más caro de lo esperado. “Pero, señora, si yo vi en internet y sale menos”, le explicamos a la vendedora. No, no, los valores cambiaron y que la tasa es de tanto y que bla, bla. Nos miramos con Mati y en ese momento lo decidimos: iríamos a Dubrovnik, Croacia. Era más barato, también estaba en nuestros planes y para ese entonces habíamos comprendido que el viaje nos estaba enseñando que, muchas veces, las mejores cosas suceden cuando dejamos los itinerarios organizados de lado.

Así fue que esa tarde terminamos comprando el pasaje por internet y desde el cuarto de un hotel que encontramos, con mucha suerte, en la ciudad vieja. Déjenme que les cuente los “datos duros” de Bari: está en la región de Apulia, sobre el Mar Adriático y. tiene unos 327.361 habitantes. Floreció durante la época de los romanos y, por su posición geográfica estratégica, fue fuente de disputa de sarraceos, bizantinos y lombardos. Entre los años 847 y 871 estuvo bajo dominio árabe hasta que fue recuperada por el emperador francés Luis II. Su arquitectura muestra toda esta mixtura de pueblos.

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(Dante va de un lado a otro mientras observa el trabajo de los pescadores).

Ahora sí, déjenme compartirles la ciudad desde las sensaciones. En Bari se respira devoción por todos lados. La religión está presente y no sólo en la basílica de San Nicolás, la más turística y la más visitada de Bari, sino también en el balcón de esa señora, vecina temporal nuestra, que tenía una imagen de la virgen en la puerta de su casa. Y también en la esquina de casi todas las calles donde nos topamos con altares improvisados o rosarios.

Bari es un grupo de vecinos jugando a las cartas mientras comparten unas cervezas. Bari es otro grupo de vecinos (muchos grupos de vecinos, en realidad) apostados en la puerta de una casa, con sus banquitos, compartiendo las anécdotas del día; una costumbre que importaron generaciones pasadas a nuestro país y por eso esto, lejos de resultarnos ajeno, nos hace sentir como en casa. Ellos sacan el living a la vereda. También es el pizzero que revolea la masa de arriba abajo mientras canta un tema pop en italiano que suena por la radio. Bari es el grupo de señoras de esa calle que decidimos bautizar “la ruta de la pasta” donde todas sacan los fideos a la calle para que se sequen. Y luego los venden al mejor poster o bien ofrecen una verdadera cena casera en el living de su casa que apenas está separado de la vereda por una cortina. Porque en Bari no hay muchas puertas cerradas, apenas hay débiles telas colgando que separan lo privado de lo público. Es que la vida, en Bari, se vive en la calle.

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Y por último, no quedan palabras para describir la belleza de sus playas. O al menos de la playa que pudimos disfrutar: hermosa, amplia, gratis y a pocos minutos del centro de la ciudad. El agua es cristalina y mansa, como una pilet donde nos dejamos flotar toda la tarde de nuestro último día en suelo italiano. Gracias Bari por la sorpresa. Y por la lección: para llegar no hay que buscar ir a ningún lado, sólo andar andando.

 

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