“Destino ¿dónde estarás? Que estés sonriendo”

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Me costó mucho irme. Sí, a mí, la chica libertad y desarraigo, me resultó muy complicado dar ese pequeño salto que me separaba de mi sueño. Dejar un trabajo fijo en el que estaba bien e incluso  disfrutaba, que me permitía mantenerme y me daba una cierta ilusión de seguridad fue muy duro. Salir de la zona de confort resultó bastante más complejo de lo que imaginaba. ¿Entonces eso de los sueños, la libertad y la vida nómade no era algo tan deseado por mí? ¿O sería que, finalmente, yo también había sucumbido ante la comodidad y prefería una pseudo estabilidad?

Lloré durante dos meses: el mes antes de irme del laburo y el mes después de dejarlo. Había luchado para llegar donde estaba, después de años de boyar como freelancer, de hacer mil cosas para llegar a fin de mes, había logrado un empleo fijo, trabajando de mi profesión ¿y ahora lo largaba todo para irme a viajar por el mundo? La idea me sonaba a utopía estúpida. Yo me sentía una idiota; pero a la vez, había una voz muy profunda, apenas audible en esos momentos, que me recordaba que rodar era lo que yo más quería. Que el deseo de ser itinerante me definía. Trataba de conectarme con esa plenitud que siento cada vez que me calzo una mochila y salgo a la ruta sin más plan que el destino de llegada. Trataba y lograba, de a ratos, esbozar una sonrisa pero me duraba poco. La sombra todopoderosa del miedo siempre me ganaba de mano y, una vez más terminaba presa del susto infernal (de infierno, fuego, uf! Qué miedo!) y con la misma duda dándome vueltas en la cabeza: ¿qué hice?

Cuando finalmente llegó el día de la partida (tan anunciada, tan deseada), respiré profundo y me dije: “Listo, llegamos hasta acá así que ahora todo va a estar bien”. Debe haber pocas frases tan trilladas como ésa. Y tan sinsentido. ¿Qué relación puede haber entre llegar a un lugar y pretender, por eso, que todos los planetas se alineen a nuestro favor? Es como tener una primera cita y pensar algo así como “ah bueno, yo vine hasta acá, querido, así que más vale que seas perfecto, que nos amemos por siempre y todo sea maravilloso”. Nada más lejos de la realidad.

Pero bueno, ahí estaba yo, necia y cargada de historias de otros viajeros que chorreaban optimismo, de esos que te aseguran que todo se resuelve mágicamente (y a tu favor) en la ruta. Me llené de expectativas tamaño XXL: pisaríamos Roma y encontraríamos cientos de huéspedes que quisieran darnos una cama mullida, una cálida bienvenida y una recorrida sin cargo por la bella ciudad. Además, seguro que encontraría mil árboles donde colgar mi tela para hacer el show que tenía preparado hace meses para pasar la gorra.  Y era más que obvio que con Mati venderíamos 10 notas por mes. ¿Y todo por qué? Porque éramos viajeros, y eso sería suficiente. Sí, por más estúpido que suene todo esto así estaba yo. Me había puesto en modo Amelié a  la máxima potencia. Necesitaba creer que a la hora de viajar todo era fácil, genial  y maravilloso. Y no es que no lo sea, lo es, pero no siempre.

Las cosas no salieron como esperábamos. En Italia no conseguimos ningún hospedaje sin costo: todas las solicitudes en Couchsurfing nos llegaron rechazadas. Cada día, buscábamos y entrábamos para ver si recibíamos un sí pero sólo llegaban los rebotes. Uno tras otro. Incluso, en algunas ocasiones nos pedían dinero para hospedarnos. ¿Pero acaso no se trataba de una red social sin fines de lucro que buscaba conectar viajeros con locales con el único interés de compartir, de demostrar que no hay fronteras? Parece que no tanto, o no siempre, o tal vez eran las circunstancias (no es lo mismo hospedar a un viajero que a tres). Quizás había que buscar por otro lado, salir de la web y apostar al cara a car, volver a los métodos tradicionales: más contacto real menos virtual.  Hoy puedo “leer” ese traspié de una forma más zen pero en su momento me frustré. Y odié a todos esos viajeros que te caen con historias del tipo: “Iba caminando por ahí y un multimillonario me ofreció recorrer todas las islas griegas en su yate mientras comíamos caviar y tomábamos champagne”. A todos ellos, si me los hubiera cruzado en ese momento, les habría querido patear la cabeza. Como al tipo que en Roma nos hizo perder el tren.  Es que hacía calor, había fallado la solidaridad viajera de couchsurfing, nos estábamos hospedando en un micro cuarto lejos del centro sin aire acondicionado, estábamos obsesionados con mantener un micro presupuesto imposible (que por supuesto ya dejamos de lado), Dante estaba cansado y más interesado en bañarse en el mar azul que le había prometido que en conocer el foro romano y yo me chocaba, así, de lleno, con mis frustraciones.

¿Dónde estaban esas cosas maravillosas que tanto deseaba que ocurrieran? Oh el deseo, maldito y atrapante deseo que nos esclaviza. Por ese entonces me acordé mucho de los dichos de Tincho, un viajero como los otros pero bastante menos idílico. O quizás, porque nos tenemos confianza, él no tamiza los recuerdos como suelen hacer tantos otros. Permite (se permite) contar lo bueno y lo malo. El yin y el yan. El “uy qué lindo” y el “uy, la puta madre”. Él me admitió que al viajar se aprende lo que toca aprender. Y esas lecciones no son siempre agradables. A veces, incluso, se adquieren a fuerza de golpes. Entendí (o estoy entendiendo, con mucho esfuerzo) que había que bajar las expectativas, curtirse un poco y aprender a aceptar. Era hora de que me sacara la película que tenía insertada en la cabeza y comenzara a vivir, con menos cuestionamientos, lo que se iba presentando. Era cuestión de confiar en el camino, el viaje, la vida, el destino o como se lo prefiera llamar. El punto de inflexión fue Bari. Zona de puerto, lugar de partida, sitio de paso. Eso, de alguna manera, resultó ser una invitación a soltar y a dejar de hacer tanta fuerza. Tal vez por eso o por otra cosa, las cosas comenzaron a cambiar.

En nuestro segundo día en Dubrovnik, Croacia, Mati estuvo con un dolor de muelas y resultó ser que uno de nuestros vecinos, al que le preguntamos casualmente cómo llegar al dentista, nos dijo que conocía al doctor al que nos había derivado Assist Card. Nos aseguró que era un gran profesional (un dato no menor, cuando a miles de kilómetros tenés que someterte a un control que podía derivar en una intervención) y hasta se ofreció a llevarnos, en auto, hasta ahí. La suerte se empezaba a poner de nuestro lado. ¿O era que nosotros (sobre todo yo, porque seamos honestos, la de las expectativas gigantes siempre fui yo y ellos, mis muchachos, me acompañan en esta utopía con una cuota mucho mayor de realidad y tolerancia que la mía) estábamos recibiendo los beneficios de la metamorfosis que habíamos comenzado a transitar?

Ésa no fue la única buena noticia. Ayer, durante una vista a la isla de Lopud, cerca de Dubrovnik, conocimos una pareja croata que nos invitó a contactarlos cuando vayamos a Zagreb. Otra buena y ya van dos en poco más de 24 horas. Ahora mismo, mientras termino de escribir este post, recibo, por primera vez, un sí a una solicitud de Couchsurfing. Una familia de Herceg Novi, Montenegro (nuestra próxima parada) aceptó hospedarnos. La mejor de las noticias es que tienen tres hijas de la edad de Dante y eso nos pone muy contentos porque va a poder socializar con peques de su edad y va a tener muchas chances de practicar inglés. Además, parece que él es bastante fana de los deportes y no le caería mal que cuelgue la tela en algún árbol de su jardín. No sé qué pasará pero al menos, ahora, estoy con los brazos abiertos, (a veces también en posición de jarra), las expectativas bastante más bajas y a la espera de lo que venga.

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