4 momentos en Kotor, Montenegro

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Kotor. Así le decimos nosotros, acentuando fuerte la última sílaba; pero por estos pagos ellos la llaman Kótor. Está bien, así le diremos a partir de ahora. Después de todo ellos son los que saben. Hablemos, entonces, de la bella ciudad de Kotor (que se pronuncia fuerte en la primera sílaba pero no le pondremos tilde porque acá lo de agudas, graves y esdrújulas no va), una de las ciudades más visitadas (si es que no es “la más visitada”) de Montenegro. Está ubicada en una pequeña bahía que, en realidad, es un cañón sumergido del antiguo y ya desaparecido río Bokelj.

Esta ciudad es una verdadera fortaleza. La mano humano supo construir una muralla de material a principios de la Edad Media para defenderla de los ataques de los otomanos y del resto se encargó la naturaleza que terminó de encerrarla entre laderas altísimas. “Parece una aldea de Minecraft”, según el pequeño Dante. Algo así, aunque yo  más bien la compararía con algunos de esos míticos pueblitos medievales sobre los que solía leer en los cuentos de hadas de los hermanos Grimm.  Me imagino héroes,  justas medievales y doncellas. Vale decir que encontré un local de lencería que se llamaba “damisela en apuros”.  Por algo será, ¿no?

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Ascrivium o Ascruvium, como se llamaba cuando era una localidad de la Antigua Roma, fue un puerto importante, por su ubicación estratégica. Claro que esto de estar bien ubicado no le salió gratis y siempre fue objetivo de numerosos ataques. Durante comienzos del siglo XI fue ocupada por el Primer Imperio Búlgaro y luego fue cedida a Serbia pero sus habitantes se negaron a ser incorporados a esa nación y se unieron a la República de Ragusa, de la que también formaba parte la actual Croacia. Ya entrado el siglo XV y hasta 1797 la ciudad formó parte de la República de Venecia y tuvo un importante desarrollo a nivel comercial y artístico. Tanta diversidad se ve reflejada en su arquitectura que mezcla escaleras, construcciones bajas, techos a dos aguas, muchos balcones y esa bendita costumbre tan…¿ romana? de colgar la ropa en las ventanas y terrazas.

Luego del Congreso de Viena, la ciudad pasó a formar parte del Imperio Astro Húngaro hasta 1918, donde se comenzó a configurar lo que sería Yugoslavia y que terminó de llamarse como tal luego de finalizada la segunda guerra mundial. Montenegro recién logró independizarse en 2006. Si bien es una nación nueva en los papeles, su identidad está ahí bien visible y distintiva.

Flashes de la visita

*En esta ciudad de ensueño abundan las iglesias ortodoxas, religión que practica más del 70% de la población. En el tour auto gestionado que estuvimos haciendo con Dante tuvimos la oportunidad de presenciar un bautismo en una iglesia del siglo XII. El pequeño quedó fascinado con el ritual, le causó mucha gracia el ataque de ira en el que entró el bebé cuando el cura repetía rezos ininteligibles y luego me cuestionó: “¿Y a mí por qué no me hicieron eso del agua en la cabeza?”. Después de unas cuantas explicaciones concluyó que quizás algún día se bautice.

*Abundan los gatos en esta ciudad. Y no es sólo que están por todos lados sino que la gente le rinde culto. Hay dos museos dedicados a ellos (uno de fotos y otro de esculturas), está lleno de negocios con remeras que llevan estampadas las imágenes de estos felinos y además ellos están a sus anchas sentados en sillas de bares, escalinatas y casi en cualquier rincón.

 

*Perderse en sus laberintos es de lo más recomendable. Creo que es casi obligatorio tirar el mapa de la ciudad vieja y dejarse llevar por las ganas de recorrer esta hermosa ciudad y jugar, por un rato, que estamos en un cuento medieval.

*Recorrer la costanera y tirase, cada vez que invada el calor, en el mar cristalino. Hay pocas playas y, como en toda la costa de esta región, está cubierta de pequeñas piedras. Lo que sí abundan son las terrazas de material y uno puede lanzarse a nadar desde cualquiera de ellas. El agua es tan tranquila que uno siente que está dentro de un lago aunque con el beneficio de que la temperatura es bastante más cálida.

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