Herceg Novi y nuestra primera experiencia con Couchsurfing

Herceg Novi o “castillo nuevo” está a escasos 43 kilómetros de Kotor, pero como la ruta tiene unas mil curvas (no, no exagero) y es una vía bastante transitada, se puede llegar a demorar hora y media en ir de un destino a otro.  Al igual que su vecina Kotor estuvo en manos de los romanos, los turcos, la República de Venecia y el Imperio Austro húngaro hasta 1806. Formó parte de Yugoslavia y, durante la Segunda Guerra Mundial, permaneció ocupada, primero por Italia y después por  Alemania.

La ciudad es una zona balnearia muy visitada,  tanto por locales como por croatas, serbios y rusos. Es una versión más moderna que Kotor pero con playas más explotadas comercialmente. De hecho tiene una especie de rambla todo a lo largo de la costanera con muchos bares, restaurantes y música sonando a todo volumen por los parlantes. El tema de la elección musical por esta zona de la geografía que anduvimos recorriendo merece un capítulo aparte porque, a diferencia de lo que uno imaginaría que puede llegar a sonar en zonas cool como, por ejemplo, en Capri o Sorrento, en la costa amalfitana, esta gente tiene una fascinación por Enrique Iglesias y por la música retro que, por lo menos para mis oídos, resulta dolorosa. La situación que se suele dar es la de turistas que, con sus cabellos al viento y tragos en la mano, escuchan de fondo… el hit “bailando, bailando” del hijo de Julio. Como que me falta la música electrónica para completar el cuadro, pero bueno, lograron convencerme. Ahora, cada vez que suena Enrique yo me pongo a bailar y a cantar, a pesar mío y de todos los que me sufren.

Volviendo a Herceg Novi debo decir que siempre va a tener un lugar especial en mis recuerdos. Es que fue la primera ciudad donde hicimos Couchsurfing que, para quienes no lo sepan, se trata de una red social donde se contactan viajeros con residentes de distintos países que ofrecen hospedaje, sin cargo, en sus hogares. La idea de este sitio es que, de ese modo, se genere un intercambio cultural entre personas de distintas latitudes. No se trata sólo de conseguir un lugar donde dormir sin gastar sino de poder comunicarse, compartir, aprender, ser, dejar ser, y muchos etcéteras que bien podrían resumirse en abrir los brazos con generosidad. Y eso vale tanto para los huéspedes como para los viajeros que, en retribución por la hospitalidad recibida, por lo general, suelen preparar una comida, hacer un regalo de agradecimiento o bien comprometerse a darles un techo a quienes se lo ofrecieron a él.

Nuestra experiencia de bautismo en esta práctica fue maravillosa. No siempre suele ser tan así pero a nosotros nos fue más que bien. Nos recibió una familia ucraniana que vive hace ocho meses en Herceg Novi  y que sólo habla ruso y ucraniano. Casi no hablan el idioma local y menos inglés. Yo había contactado al padre del clan, Albert, por medio de Couchsurfing y él, que sí maneja el inglés, me dijo que, como él estaba de viaje en Estados Unidos, me recibirían, en su casa, su mujer Anya y sus hijas: Christine, Sasha y Sabrina.

Habíamos coordinado que Anya nos buscaría en la parada de colectivo donde bajaríamos del bus que nos traía desde Kotor y que ella nos acompañaría hasta su casa. La cita era a las 12. Pasaron las 12.05, las 12.15 y las 12.30 y ni noticias. Sin teléfono, ni conexión y ninguna dirección sólo nos restaba esperar 15 minutos más y después irnos hasta algún sitio donde pudiéramos conseguir wi fi para escribirles un mail y enterarnos de qué había pasado.  Estábamos decididos a tomarnos el colectivo que nos llevara a la estación central para poder comunicarnos con ellos o bien subirnos al primer bondi que nos llevara  directo a Split, nuestro próximo destino.  Pasó el bus al que teníamos que subir para irnos pero lo quise dejar ir. No estaba convencida, quería esperar un poco más, además no nos dejaba en la puerta de la estación sino a unos cuantos metros, no sé, un poco de todo. Y fue una buena decisión.

Al rato bajó una chica con dos mochilas que iba de un lado a otro mostrando lo que parecía ser una dirección anotada en una libreta. Evidentemente estaba perdida. Evidentemente era turista, como nosotros. Y también, como nosotros, estaba transpirada, agotada y demasiado cargada. Habló con al menos cinco personas hasta que finalmente llegó a nosotros. Le dijimos que no sabíamos cuál era esa dirección y que, como ella, recién habíamos llegado y estábamos esperando que nos buscara una familia que habíamos contactado vía Couchsurfing. “¿Cómo se llaman los que los van a hospedar?”, preguntó. “Albert y Anya”, contesté. Se rió. Ella estaba, precisamente, buscando la casa de esa familia donde también se hospedaría. Festejamos la coincidencia. Ella, dijo, se llamaba Patricia y venía de Floripa, Brasil. Festejamos también que fuéramos todos latinoamericanos. Estábamos necesitando un poco de esa cercanía, para matizar tanta lejanía geográfica.

El caso era que seguíamos todos a la espera, pero con nueva compañía. ¿Qué podíamos hacer? Sugerí hablar con el señor del puesto de revistas que estaba a pocos metros. Seguramente él podría llamarlos por teléfonos y contarles dónde estábamos. Y así fue: al poco tiempo apareció Anya, con una sonrisa que le explotaba, acompañada de su hija menor,  la bella Sabrina (5) que, durante toda la estadía, nos habló en ruso sin parar.

Mientras íbamos camino a la casa,  nos preguntábamos con Patricia dónde dormiríamos. Éramos cuatro. ¿Habría suficiente lugar? El hogar tenía apenas dos habitaciones, un balcón amplio y un living pequeño. La generosidad de ellos resultó ser inmensa: las nenas nos dieron su habitación y ellas se armaron unas carpas en el balcón. Patricia dormiría en el living y Anya, en el cuarto principal en compañía de una amiga y su bebé, que también estaban de visita. No nos alcanzaron las palabras para agradecerles.

A la tarde fuimos a recorrer la ciudad, junto con Sasha, la hija mayor que nos contó varias historias del lugar. Siempre con la ayuda del google translator porque, tanto ella como el resto de su  familia, hablaban sólo en ruso y ucraniano. Una de las historias que nos contó fue la de un mítico deshollinador que, supuestamente habitó Herceg Novi el siglo pasado y que era conocido en la ciudad por su peculiar suerte. “Salía siempre airoso de cualquier situación”, explicó Sasha.  Tan conocida fue la leyenda de este pequeño hombrecito que convirtieron su recuerdo en un estatua de bronce y ahora todos los visitantes y locales le tocan la nariz y los hombros porque, según cuenta, de ese modo uno se contagia un poco de esa buena ventura del señor.  Por las dudas, nosotros también lo hicimos.

CAM00468

(El hombrecito de la suerte)

A la noche Mati cocinó pasta con salsa de hongos y tuco. Fue una pequeña forma de retribuirles la generosidad que tuvieron con nosotros. Terminamos la cena tomando té en el balcón. Seguimos conversando un poco con la ayuda del traductor y otro tanto con los gestos. Hubo momentos en que sonaban cuatro lenguas distintas y se movían muchas manos para compensar la distancia idiomática que, a esa altura, no era más que un detalle. Un lindo detalle que se sentía como una bocanada de aire fresco en la cara. Pocas cosas me causan más felicidad que la posibilidad de superar barreras y descubrir que, más allá de las vestiduras, lenguas y costumbres, en esencia, hay una humanidad que nos iguala. Y sin embargo (porque hay un pero y porque la vida siempre es más o menos), a pocos kilómetros de ahí, había sueños golpeados y detenidos  en esas barreras tan arbitrarias llamadas fronteras. Nosotros disfrutábamos de una pequeña muestra de hospitalidad y, en Hungría, a miles de inmigrantes les arrancaban las esperanzas de encontrar un suelo mejor para ellos y sus hijos.

 

 

Facebooktwittergoogle_plus