“El mundo gira por ti”

Los malos son pocos, pero se hacen notar más que los buenos. El camino nos prepara sorpresas de las más inesperadas y eso, quizás, es lo más interesante de caminar lejos de casa, por rutas nuevas y desconocidas. La isla de Hvar es verdaderamente perfecta.  Podría pasarme el día enumerando su belleza, sus olores, su mar, sus montañas y sus caminos. Lo haré, seguramente, en otras letras que no serán estas. Porque Hvar no es sólo su belleza, es también su gente. Por suerte, google maps sigue sin poder mostrarnos lo mejor de los lugares, que son las personas y hay que venirse hasta acá para verlo.

En uno de esos días que parecían terminados, después de pasarnos el día en el mar y caminar por las callecitas de Hvar, volvimos a Stari Grad, donde teníamos el departamento. Al otro día debíamos tomar el ferry para volver al continente e iniciar nuestra ruta hacia Bosnia. Decidimos que lo mejor era comer algo rápido en el centro e irnos a dormir. Dante estaba cansado y nosotros también. Luego de unas hamburguesas y un helado al paso, emprendimos el retorno. Nos bañamos, hicimos las valijas y dormimos. Algo pasó que esa noche, casi por primera vez en un mes, me desvelé y pasé horas mirando la pantalla de la computadora sin poder dormir.

Nos levantamos casi con los gallos y empezamos a ordenar. “¿Amor, viste mi billetera?”. Así empezó lo que parecía ser un problema grande, bien grande. En ella estaban todos mis documentos, salvo pasaporte, dinero y todas las tarjetas, esenciales en Europa. “Ni idea, ayer la usaste para pagar el helado y vinimos para acá. Fijate en la mochilita”, contestó ella. La mochila ya había sido vaciada y nada. El proceso se repitió en los otros seis bolsos y en todo el departamento. Mismo resultado. La jornada se había complicado. Volví sobre mis pasos de la noche anterior, pregunté en los negocios que había estado y nada.  Era imposible entender cómo y dónde se había perdido. Nuestra “host” o arrendataria estaba tan preocupada como nosotros. En minutos se puso a nuestra disposición y nos consiguió otro departamento por si necesitábamos pasar allí una noche más. Su amiga, dueña de nuestra nueva morada, fue aún más amable. Usamos su teléfono como si fuera nuestro, pudimos cancelar algunas tarjetas y otras lo hicieron los familiares, esos que nos bancan más que nadie esta aventura.

“Los llevo a cambiar los pasajes y luego vamos a preguntar de nuevo al local”, nos dijo nuestra nueva anfitriona. “¿Segura? Ya fuimos dos veces”, afirmamos nosotros, inocentes. “No perdemos nada”, sentenció. En la oficina del ferry contamos la historia y no nos cambiaron los pasajes, nos devolvieron la plata para que viajemos sin tener que poner fecha en ese momento. Volvimos al centro, fuimos al mismo local y de golpe, la suerte que es grela, cambió de mano. La misma chica que no tenía noticias de nuestra billetera nos miró y dijo en croata: “Un hombre estuvo ayer con un billetera preguntando si alguien conocía a la persona que la había perdido. Era de un argentino”. Y sí, a veces hay que perder para poder ganar.

Caminamos sin pisar el suelo hasta la oficina de turismo para ver si ese hombre había dejado algún dato. En el pequeño pueblo no podía haber dos desmemoriados que perdieran su billetera en la misma noche. “¿Your name?”, dijo el empleado de turismo. Al escuchar Matías Lamouret sonrió. Parecía que el destino se había quedado sin malas noticias por ese día y estaba sonriendo. “Ahora viene, en 10 minutos está acá con la billetera”. Señores, han cantado bingo.

Esperamos sentados en el cordón de la vereda y en cuestión de minutos un auto estacionó y, no sé por qué, dijimos “es él”. Y era él. Un alemán con mucha cara de alemán y su mujer aparecieron con nuestra billetera en la mano. Con todo lo que había dejado adentro y mucho más. Con ella nos trajeron una maravillosa historia y nos permitieron conocer a dos maravillosas personas. Perder la billetera había sido una de las suertes más grandes del viaje. Después de decir “thank you” tantas veces como me fui posible les insistimos con agradecerles de alguna manera. “A las 8 y media nos encontramos a tomar algo”.

El día transcurrió entre trámites y sonrisas. Dante demostró de qué está hecho, madera de la buena. Sin que haga falta decirle nada entendió cada uno de los momentos y desparramó cariño. Y sobre todo vio que en el mundo los buenos están ahí, callados esperando a hacer simplemente lo que tienen que hacer. Mi compañera volvió a demostrar que no podría ser mejor, ni para las sonrisas ni para las tristezas. Llegó la hora de la cena y, claramente, confirmamos que recuperar la billetera no fue lo mejor de toda la historia. La vida se encargó de cruzarnos con dos personas llenas de historias con las que no pudimos dejar de hablar durante toda la noche mientras Dante dormía sobre sus brazos. Nos despedimos con la seguridad de volvernos a encontrar con Reinhold y Olga pronto en Alemania y con todos nuestros planes cambiados. Parece, dicen, que Croacia tiene algo más para darnos y nosotros no vamos a dejarlo escapar. “El mundo gira por ti, cuando buscas las respuestas”.20150911_233008

Facebooktwittergoogle_plus