Rijeka: siempre llegamos adonde nos esperan

El viejo Antonio decía que cuando uno se pierde en el bosque lo único que tiene que hacer es caminar porque aunque no encuentre el camino de regreso en la primera o segunda oportunidad, los pasos dados servirán para saber qué senderos no tomar y se nos hará más fácil, entonces, encontrar el que nos lleve a nuestro destino. Así, con Mostar, Sarajevo y Serbia pospuestos y con ganas de seguir cerca del mar arrancamos para Rijeka, en el comienzo de la península de Istria, en Croacia. Una vez más, los planes no servían de mucho y nuestro instinto jugaba un papel fundamental.

Llegar a una ciudad de la que uno no sabe ni el nombre ni leyó demasiado con anterioridad tiene una gran ventaja: la sorpresa. Y Rijeka, al igual que Bari, nos demostró que el mundo está lleno de rincones para visitar. Hablar mucho de una ciudad en la que uno estuvo apenas 12 horas es inapropiado. Qué puede uno saber y conocer en menos de un día. Es verdad, poco y nada. Pero el cuerpo a veces necesita mucho menos tiempo que la cabeza para conocer un lugar. O una persona. Cuantas veces nos sentimos cercanos a alguien que apenas saludamos por primera vez sucede todo lo contrario con alguien que llevamos muchos años compartidos, tanto que sentados a su lado nos sentimos como extraños. Lo mismo sucede con las ciudades, uno llega a un lugar y a pesar de los días no se termina de sentir cómodo, mientras que en otras a penas uno llega algo en su ambiente le resuena familiar. Quizás porque Rijeka, siendo croata, tiene mucho de italiano. En su gente, que parla, y en sus fachadas, similares a las de Nápoles. Y eso, para un argentino, siempre ayuda. Con la diferencia que se entremezcla con edificios propios de un pasado comunista. Así lo viví, y en esas pequeñas caminatas me sentí, rápidamente, como en casa. Mucho ayuda, cuando uno está poco en una ciudad, tener un anfitrión que haga las cosas fáciles. Nosotros lo tuvimos.

Rijeka fue otra de las sorpresitas que depara este viaje. Eso sí, nos recibió y nos despidió con lluvia. Pero está bien, porque se nos mostró tal como es. En esta ciudad, la lluvia es un constante y casi no hay días en que el cielo no pase al menos unas horas encapotado. Una especie de Seattle europeo. Además, en Rijeka hicimos algo de lo que más nos gusta: cambiamos todo nuestro plan y dejamos el mar para salir hacia Liubliana, Eslovenia. Contradecirnos, cambiar, girar en redondo y volver a salir es casi una religión. Total, siempre llegamos adonde nos esperan.

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