Viena: la perfección de lo imprevisto

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Acostarte y levantarte temprano. Desayunar, agarrar las mochilas y despedirte de los empleados del Hostel que tan bien te trataron. Todo normal hasta que una pregunta lo cambia todo.

  • ¿Para dónde van? –dijo inocente la recepcionista.
  • A Zagreb, en el tren que sale en un rato- contestamos, aún más inocentes que ella.

Lo que siguió fue la noticia que veníamos esquivando. La frontera de Eslovenia y Croacia se había cerrado esa mañana y los trenes frenaban antes del cruce. Los buses, según nos dijeron, tampoco eran seguros. ¿Y ahora? La secuencia, para nada relajada, fue la siguiente: cancelar la reserva de cinco noches en Zagreb, buscar donde pasar la noche y conseguir como llegar. Después de idas y vueltas, Viena fue nuestra mejor opción. Sobre todo después de conseguir una oferta en tren.

Nuestros planes venían sufriendo un revés tras otro. “No planifiques”, nos decía el destino. Y era hora de aprenderlo. Desde que estalló la ola migratoria en Europa (me niego a llamarla crisis) quisimos evitar situaciones conflictivas para Dante. Nuestro deseo periodístico se enfrentaba a nuestra responsabilidad. Y la última venía ganando, pero no por mucho tiempo.

Llegamos a Viena de noche, bien tarde, sin saber que nos íbamos a encontrar. “Sólo dos noches”, dijimos. “Es una ciudad cara, así que mejor veamos algo y sigamos”, nos repetimos. La primera impresión no pudo ser mejor. Un departamento chiquito, frente a una estación, ni un solo edificio destacable alrededor y un hambre prometedor. Pero ante todo, un host (nuestra nueva palabra preferida) o anfitrión era de esos que te cambian la cara. Periodista él también, nos mostró en segundos que otra vez los planes iban a cambiar. Invitó a Desirée a correr a la mañana siguiente y antes de despedirnos, porque debía recibir nuevos afortunados, nos invitó a almorzar junto a su familia en una terracita desde la que se disfrutaba esa Viena que, después de casi 12 horas, apenas habíamos ojeado. Las dos  noches se hicieron cinco. Una vez más, los edificios son geniales, pero la gente sigue siendo mucho más maravillosa.

Viena es extraordinaria por donde se la mire. Se respira una atmósfera maravillosa y si, sus edificios imperiales sobresalen por todos lados. Uno se cansa de tanto mirar pero a la vez no puede parar. Hay que descubrirlos de a poco.

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