Enamorada de y en Berlín

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Sucedió en Berlín. Mientras íbamos camino a los restos que quedan del Muro; esos que fueron transformados, por el amor, el humor y los grafitis, en un signo de “nunca más”. Esos que fueron metamorfoseados en libertad. Porque ahora no separan dos ciudades. Ahora son un símbolo de unión. O al menos así lo viví yo, porque a nosotros dos nos unieron.

Como decía, fue justo cuando estábamos llegando a esos bloques de historia, cemento y pintadas en que me reí mucho. Lo miré, mientras íbamos caminando juntos de la mano, riendo, con una cerveza en la mano en que me volví a enamorar. La luz del sol iluminó su sonrisa, sus ojos se achinaron como cada vez que le ríe la cara (porque a él le ríe la cara entera) y empezó a decir sus máximas alocadas, sin sentido. Cuando ve que me arranca carcajadas, las hace más ilógicas y bizzarras. Porque él es así: le gusta hacerme reír. Y lo logra. Lo sigue logrando. Y ese día, lo consiguió como nunca, como siempre, como cuando lo empecé a ver de verdad. Y así seguimos, el resto de esa mágica tarde, caminando y descubriendo Berlín.

Tal vez sea porque visité Berlín con ojos de enamorada, pero la ciudad me cautivó. Me quedó sabor a poco esos cuatro días que pasamos ahí. Berlín, tengo que verte otra vez, por favor, déjame volver a caminarte, perderme, encontrarme (y encontrarte), ver tus museos, leer tus grafitis, comer kebab, viajar en tus subtes, hablar con los que te aman y los que te odian, irme de bares, pasar por la Puerta de Brandemburgo y pensar “uy, pasé por la Puerta de Brandemburgo”, ver el muro y decir “uy, vi el muro”, pero por sobre todo, déjame volver a enamorarme de vos, de él, de mí y de la vida.

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