Praga y sus cielos

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No hay una cantidad de días suficientes para recorrer un continente como Europa. Menos por primera vez, menos con la cantidad de lugares que tiene. Entonces, sabiendo esto, cuando uno decide volver en el mismo viaje a una ciudad no queda mucho más que agregar. Porque verdaderamente te tiene que gustar para que decidas volver en menos de una semana a quedarte otros cuatro días. Y es que sí, Praga invita.

¿Por qué? No es por sus edificios, que son increíbles. No es por su clima, que en el otoño abunda en nubes y garúa. No es por su comida, que no escatima en embutidos. No es por su gente, que anda de mal humor y no ve con buenos ojos que no sepas ni una palabra en checo. ¿Entonces? Si me preguntan tendré que estar mucho tiempo pensando. Pero lo cierto es que algo en la atmósfera de esta ciudad se hace irresistible. Praga da la sensación de tener un tesoro escondido y uno no puede dejar de buscarlo.

Es recomendable, muy recomendable, caminarla. Y sobre todo, recorrerla con alguien que la conozca (los free walking tour son una gran opción). Porque en las calles de Praga abundan referencias, monumentos, anécdotas y fantasías. Parecería que en cada edificio hay una historia por descubrir.  Y ahí aparece otro secreto: no debemos querer saberlos todos.

Otro detalle: esperar un día que el cielo no esté totalmente cerrado para caminar por la costanera y esperar el atardecer. El castillo de Praga, ubicado para el festín de los pintores y fotógrafos, da una vista única.

Praga invita a volver. A cada uno por algo distinto y ahí, creo yo, reside su magia.

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