Cómo viajar en familia y no morir en el intento

El tesoro

La foto miente. Facebook miente. No puede ser. ¿Puede ser posible? ¿Entonces no sos vos sino yo? ¿O somos nosotros? Una madrugada de malhumor en Split, Croacia, me puse a mirar fotos de familias viajeras posando sonrientes desde los destinos más exóticos que uno pueda imaginarse. Yo, en cambio, tenía los ojos hinchados de llorar. Me había peleado con Mati, le había contestado mal a Dante y me dolía el cuerpo de tanto cargar mochilas de un lado a otro. Odiaba mi vida. El contraste de la felicidad de ellos y mi angustia existencial me dolía fuerte en el pecho (y en el orgullo ¿por qué a mí no me salía todo tan bien y genial?).

El sueño de ser itinerante me acompaña desde siempre. Entrevisté a varios de esos clanes que en ese momento veía por Facebook. Ellos mostraban sus imágenes sonrientes y yo los miraba, con la ñata contra la pantalla de la Laptop. Moría de ganas de entender ese secreto de esa felicidad. Esa noche lloré por chat con una amiga, leí consejos de viajeros, me tiré el I Ching, medité y me sobre oxigené (gran forma de olvidarlo todo por un rato).  A la mañana siguiente todo pareció menos grave y ahí implementé una de las primeras estrategias que nos ayudaría mucho durante el viaje: separarnos (por un rato). Nos dividimos en dos equipos: Dante y yo por un lado y Matías por el otro. El objetivo del día sería jugar a la búsqueda del tesoro por esa hermosa ciudad que, de tanto llorar, yo comenzaba a ver nublada. Era hora de darle espacio a la diversión (y de darnos espacio entre nosotros).  Y funcionó. Unos días después, encontré a una de esas muchachas nómades en el chat y le conté que, por momentos, el viaje, me estaba resultando cuesta arriba. “Es difícil. No todo es tan maravilloso como parece”, me dijo. Y ahí sí, se bajó del escenario, corrió el cortinado y me contó un poco del backstage que no se muestra en las redes sociales. Las fotos se ven hermosas, es cierto, pero el antes y el después no es idílico. Cumplir sueños no es sencillo. Ahí entendí que había que bajar las expectativas, que viajar es también un trabajo, que seguir el deseo es todo un desafío. Fue entonces cuando me comencé a tomar todo con “más seriedad” y empecé a poner en práctica algunas reglas como éstas:

 

  1. Ser flexibles. Ésa es la ley primera cuando se viaja y más si hay varios intereses dispares en el medio. Hay que entender que no siempre los planes funcionan como los imaginamos y aprender a adaptarse. Y esto es especialmente importante cuando se viaja con chicos. Si un día pensábamos que íbamos a caminar todo el día pero el más pequeño del clan se siente cansado, tiene hambre o simplemente está de mal humor entonces habrá que hacer un parate y dejar que el tiempo pase. Nos sucedió en Roma. Un día de calor agobiante habíamos pensado en pasar todo el día caminando pero cambiamos de plan y nos quedamos todo el día tirados boca arriba, en el cuarto, con el ventilador a pleno. Y fue un gran día.
  2. Tener un plan B. Esto es parte de ser flexible. Saber que si algo falla hay otra alternativa para hacer. El día que íbamos a viajar desde Liubliana a Zagreb, las fronteras estaban todas cerradas a raíz del conflicto con los refugiados. En menos de dos horas logramos cambiar de destino y decidimos ir para Viena, porque encontramos una gran promoción en tren.
  3. Bajar las expectativas. Es clave entender que ser turista por un rato puede ser genial pero el viaje como modo de vida es otra cosa: hay que tomar decisiones todo el tiempo, no tener rutina puede ser agotador, moverse en un país donde no se conoce le idioma o la cultura es complicado y tantos etcéteras más. Por momento amarán sus vidas. Eso de no saber qué se va a hacer o dónde se va a ir al próximo minuto es maravilloso, la libertad da una sensación de adrenalina única. Sin embargo, de a ratos, van a sentir que sus vidas apestan, que están cansados, se arrepentirán de haberse tomado el palo para siempre y una vocecita maligna dentro de ustedes dirá: “¿Por qué? Si mi vida era tan organizada y simple”. Sí, lo era, pero ya no lo es. Y que fuera más fácil no significa que hayas sido necesariamente más feliz. Si realmente quieren abrazar la libertad de ser itinerante tendrán que aprender a pagar un costo y para que ese costo no sea tan alto es vital bajar las expectativas. Es una lección que sirve aun cuando después de un rato decidan volver a la estabilidad de su vida anterior.
  4. Llorar y después sonreír aunque cueste. Puede parecer una tontería pero no lo es. En los momentos en que nos gana el hastío necesitamos llorar y eso es bueno. Hay que dejar salir la angustia porque sino se queda en el pecho y eso tiene un costo altísimo. Pero después de un rato, hay que dejar pasar y soltar, aunque más no sea una sonrisa forzada. Si sonreímos para afuera, en algún momento esa sonrisa se convertirá en genuina. Hay que ejercitar la alegría.
  5. Viajar lento. Esto lo repetí en varios posts, y sigo insistiendo. No hay mejor manera de viajar que despacio, porque se disfruta más del paisaje y hay menos estrés. Es cansador tener que decidir, cada dos días, hospedaje, comida y traslado. Si se reduce el movimiento disminuyen también los momentos de toma de decisiones, que son de lo más molestos de sobrellevar.
  6. Dividirse los roles. Viajar implica elegir constantemente: ¿qué ciudad vamos a visitar? ¿Dónde nos vamos a hospedar? ¿Cómo nos vamos a trasladar? ¿Qué lugares vamos a recorrer primero? Como es imposible ponerse de acuerdo todo el tiempo en absolutamente todo, lo mejor es que cada integrante de la familia adopte un rol diferente y se haga cargo de ciertas decisiones. Uno, por ejemplo, puede estar encargado de elegir hospedaje y traslado; mientras el otro planifica qué van a visitar en determinada ciudad y organiza las valijas. Eso sí, no vale recriminar. Es como una empresa donde cada sector se encarga de determinadas tareas.
  7. Dejar las discusiones para la mañana siguiente. Los problemas siempre pesan más a la noche. No me pregunten por qué pero es así. Por eso es mejor dejar las discusiones para el día siguiente. Con la luz del sol todo se ve menos denso y grave. La noche no es buena consejera para las discusiones.
  8. Esto vale tanto para los grandes como para los chicos. Pueden jugar a la mancha, las escondidas o hacer de la ciudad un gran campo de diversiones donde la consiga sea, por ejemplo, recorrer todo el día la ciudad en busca de carteles curiosos, monumentos bizarros o marcos de puerta bien coloridos. Hagan lo que sea pero no se olviden de desarrollar ese costado lúdico que tan bien nos hace al alma.
  9. Vayan a la playa. Si hace calor y más si viajan con chicos, opten por destinos donde haya playa. Si hace 40 grados, es más fácil estar de buen humor en el mar que caminando por las callecitas de Londres, por más linda que sea esa ciudad.
  10. Cada uno por su ruta. Si un permanece las 24 horas del día pegado al otro, en poco tiempo se van a agotar los temas de charla y se van agotar ustedes. Creo que era Dolina el que decía que uno tiene que tener aventuras afuera para después volver a su casa y poder compartirlas con el otro. Es vital poder vivir cosas por separado para después tener algo para contarle al otro. Y no sólo por eso, sino porque también hace bien, nos construye como personas, nos hace crecer y nos sube la autoestima.
  11. Pequeñas rutinas. Planifiquen pequeños rituales diarios: correr, meditar, hacer una sesión de yoga o hacer las compras. La repetición de una actividad actúa como una suerte de ancla, que nos permite sentirnos más arraigados y, por lo tanto, más seguros. Es que si bien flotar en el aire puede ser muy relajante, si no tenemos algo que nos amarre un poquito al suelo podemos terminar extraviados en el cielo cual globo de helio que se escabulle de las manos de un niño.
  12. Pasitos de bebé. Cada vez que digo esta frase me acuerdo de la película What about Bob. Si no la vieron, les recomiendo que lo hagan. Tal como le dice el psicólogo al personaje de Bill Murray, la clave es hacer pequeños pasos, no tratar de devorarse el mundo de golpe. Hay que planificar a corto plazo y tomarse los desafíos en pequeñas dosis diarias sino vivir en el caos de una vida viajera puede ser demencial.
  13. Quéjense. No se mientan. Si un día (o varios) sienten que las cosas no van, que quieren gritar y putear para todos lados, háganlo. Permítanse estar tristes en medio de una isla paradisíaca. ¿Quién dijo que uno no puede tener un ataque de angustia existencial mirando el mar caribeño? No se exijan estar felices las 24 horas del día simplemente porque están cumpliendo un sueño, porque están viajando y porque no van a una oficina. A veces van a sentir que viajar es una carga y tendrán que quejarse, descansar y volver a empezar. Y así será.
  14. Hablen con otros viajeros. Esto es muy importante. Sáquense la careta de viajero exitoso y desnuden sus vulnerabilidades ante otros viajeros que seguro sabrán aconsejarlos muy bien.
  15. Busquen trabajo. Creo que una gran manera de crear pequeñas rutinas, conocer otra gente, tener aventuras y no estar las 24 horas encerrados en ustedes mismos, es trabajar. Hay redes sociales como WWOOF, Work Away o Help X donde se pueden encontrar sitios (hostels, granjas, etc) que buscan viajeros dispuestos a prestar trabajo voluntario a cambio de comida y hospedaje. Esto no sólo es un alivio para el bolsillo y una buena manera de experimentar el trueque sino que también permite conocer a otros viajeros que seguramente están viviendo situaciones similares de ustedes y con quienes podrán compartir anécdotas, consejos, ideas o simplemente una copa de vino mirando el cielo estrellado o el techo descascarado de algún hostel recóndito.

 

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