Me sentí viajera (de verdad) en Uruguay

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Viajera lo que se dice viajera en serio me hice en Uruguay. Sí, acá cerquita. No hizo falta subirse a un avión, recorrer miles de kilómetros ni toparse con culturas exóticas para que poder encontrar esa magia con la que tantas veces coqueteé y hasta llegué a vivir algunas veces, pero solo de a ratos. Faltaba ese “algo más” que no supe encontrar en la última odisea europea de tres meses que hicimos. Me refiero a sentir que el tiempo es un aliado y que uno es parte de un universo eterno.

Es difícil explicarlo con palabras pero tiene que ver con vivir al día y que eso no sea una preocupación. Con confiar en que el camino traerá respuestas. Y, por sobre todas las cosas, con encontrar formas de subsistir sin que el dinero interfiera. Esto último precisamente no lo encontré en Europa. Los huéspedes en Couchsurfing no se mostraban tan dispuestos a hospedar gratis a una familia de tres; no encontré lugar (sin que eso implicara correr el riesgo de pagar excesivas multas) para colgar la tela y hacer el espectáculo a la gorra que tanto había soñado y solo logramos vender un par de notas viajeras. Creo que un poco tuvo que ver con que íbamos con las expectativas muy altas. También es cierto que nos movíamos mucho y eso genera gastos. Y, de nuevo, no tuvimos suerte haciendo dedo. Supongo que siendo tres puede resultar más complicado y tampoco estábamos dispuestos a pasar eternas horas al sol, en el costado de la ruta y cubiertos de tierra. Poníamos límites y esos límites nos limitaban.

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El punto es que cuando comenzamos a planificar el viaje a Uruguay la consigna fue clara: quedarnos un mes en un sitio y había que sí o sí recurrir al trueque. La idea era intercambiar hospedaje por trabajo.  La intransigencia respecto al deseo tenía que ver con una necesidad económica y también con esas ganas de vivir realmente del trueque. Quería comprobar que era posible subsistir valiéndonos casi exclusivamente de nuestro trabajo. Quería sentir el viento de la libertad en la cara. Así que durante 20 días estuvimos mandando solicitudes por medio de Help X y Workaway,  hasta que nos aceptaron en un hostel en La Pedrera. Fuimos hasta allá con más dudas que expectativas y todo, absolutamente todo fue increíble. Llegamos y fuimos recibidos por una familia súper cálida. Los primeros días estuvimos hospedados en un cuarto y, cuando se llenó el hostel, pasamos a un palacio de techo de lona. Hicimos de todo: limpiamos habitaciones, hicimos reparaciones, armamos carpas y nos encargamos, todas las mañanas, del desayuno.  Trabajábamos entre cuatro y cinco horas por día a cambio del hospedaje y el desayuno. Recuerdo un día, juntos antes de Año Nuevo, en que fuimos hasta el pueblo a comprar unas cosas. En eso escuchamos a un grupo de chicas y chicas que cantaban en una esquina. Dos músicos acompañaban el dúo de voces de ellas. Nos sentamos en la vereda, a la sombra de una casilla y nos quedamos a disfrutar del show improvisado.  En un momento se me llenaron los ojos de lágrimas. En ese momento era más yo que nunca. Sentí el viento en la cara y, entre las lágrimas salió una sonrisa. La alquimia había ocurrido: finalmente estaba de viaje.

 

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